27 jun. 2019

26 DE JUNIO DE 2002 - MARTIRIO DE DARIO SANTILLAN Y MAXIMILIANO KOSTEKI

26 de Junio de 2002 – Martirio de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki

por Leonardo Del Grosso
fotos: Sergio Kowalewski y Pepe Mateos
Los argentinos Darío Santillán y Maximiliano Kosteki fueron cobardemente asesinados cuando tenían 21 y 22 años respectivamente. Ambos son ejemplo de los mejores valores que la juventud puede asumir: generosidad, compromiso político con los oprimidos, valentía, solidaridad, conciencia política, organización…
Hay circunstancias y momentos en los que el Bien y el Mal quedan contrastados de una manera clara y absoluta, contundente e inapelable. El 26 de junio de 2002 es uno de esos instantes. En lo que era entonces la “estación Avellaneda” del Ferrocarril Roca, fue asesinado Darío Santillán. Poco antes, Maximiliano Kosteki también había recibido un balazo letal que tardaría sólo unos minutos en provocar su muerte. Dos jóvenes argentinos, en la flor de su vida, pletóricos de vitalidad, de sueños… que fueron vilmente asesinados por el regimen político capitalista.
En ese año 2002 la lucha de clases estaba en un momento agudo. El senador nacional Eduardo Duhalde había asumido como presidente interino el 1 de enero de ese año, luego de que:
  • renunciara De la Rúa el 20 de diciembre de 2001,
  • asumiera interinamente en su reemplazo el presidente provisional del Senado, el senador Ramón Puerta (PJ),
  • fuera designado a continuación, el 23 de diciembre de 2001 por la Asamblea Legislativa, el senador Adolfo Rodríguez Saa como nuevo presidente interino,
  • renunciara éste el 30 de diciembre,
  • asumiera la presidencia del país interinamente el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño, convocando a una nueva Asamblea Legislativa, la que, a su vez,
  • designó al senador Duhalde como presidente interino el 1° de enero de 2002.
El neoliberalismo, ejecutado casi ininterrumpidamente por el imperialismo y su cipayaje desde 1975, había destruído la economía. Las luchas populares, la resistencia frente al saqueo y la penuria, fueron intensificándose y desembocaron en la gran crisis política y social del 2001. Los sectores más concentrados de la burguesía, ya habiéndose enriquecido a través del endeudamiento público y las privatizaciones, pretendían abandonar la convertibilidad para seguir enriqueciéndose sobre la base de la devaluación. El fenómeno del endeudamiento fiscal hizo crisis y el Estado argentino llegó al default. En ese contexto, las mismas clases dominantes que con sus abusos causaron el desastre pretendían dominar también la salida de esa situación, de tal manera de seguir manteniendo su posición expoliadora, y seguir explotando a las clases trabajadoras y saqueando los recursos del país.
En ese contexto donde, como hoy con Macri, el viejo régimen político burgués demostraba su ineficacia para conducir la Nación, la “masacre de Avellaneda” constituyó una operación política para aterrorizar al pueblo y amedrentar y dividir a las fuerzas políticas y sociales que pudieran disputar u obstaculizar la conducción burguesa del proceso de salida de la crisis, de tal manera de que el mismo quedara en manos de fuerzas del establishment.
Los cortes de ruta, las puebladas, los paros generales, venían sucediéndose como principales formas de lucha de la resistencia, amenazando -con el ejercicio directo del poder por parte del pueblo- la capacidad de dominio de las camarillas dominantes. Ese 26 de junio de 2002 el movimiento popular había convocado a un gran corte de ruta en el Puente Pueyrredón y en otros accesos a la Capital Federal. El presidente interino Duhalde, y toda la denominada “clase política”, quería “marcar la cancha”, poner límites, asestar un garrotazo a lo más avanzado de la lucha popular, a la vez que repartía zanahorias al movimiento piquetero a través de su ministra de Trabajo, la actual diputada por el Frente Renovador, Graciela Camaño.
La banda de policías bonaerenses bajo el mando del entonces comisario Alfredo Franciotti fue una de las puntas de lanza de la operación represiva, planificada nacionalmente, para golpear a las organizaciones populares. La represión no fue sólo con gases y balazos de goma, sino con balas de plomo. Además de Darío y Maxi, recibieron impactos de plomo más de 30 manifestantes. El régimen político ya tenía armado el relato: “bandas de piqueteros se enfrentaron entre sí a balazos”. Al día siguiente del 26 de junio, con su ya clásico cinismo, el diario Clarín había titulado “la crisis causó 2 nuevas muertes” (a pesar de que ese pasquín, además, contaba con registros fotográficos propios que demostraban que los asesinatos habían sido cometidos por los policías). Afortunadamente, varios fotógrafos de medios independientes también tomaron imágenes de los momentos álgidos en los que tanto Darío como Maxi yacían moribundos, por lo que la coartada de los criminales quedó desenmascarada rápidamente. No se trataba de una “pelea entre piqueteros”, o “la crisis”, como la prensa mercenaria difundía antes de ir sabiéndose la verdad.
Clarín: la perversión de la prensa mercenaria
La verdad es que los piqueteros no tenían armas de fuego, que en el transcurso de la represión Maxi fue herido por la policía en la calle, afuera de la estación Avellaneda del Ferrocarril Roca, y que Darío se quedó a auxiliarlo cuando Maxi quedó desvanecido adentro del hall de la estación, luego que un compañero lo acarreara cuando había sido alcanzado por las balas. Allí llegó segundos más tarde la horda de rufianes comandada por el comisario Franchiotti y fusiló a Darío por la espalda, que luego de agonizar unos momentos murió, como ya había ocurrido también con Maximiliano.
El policía Quevedo acomodó el cadáver de Kosteki con las piernas para arriba apoyándolas en una marquesina que había en el centro del hall de la estación, produciendo una composición macabra, como poniendo un trofeo en el mejor lugar para exhibirlo, y se puso de cluclillas al lado, sonriendo idiota mientras sostenía su armamento. Posteriormente, los cuerpos de ambos jovenes mártires fueron cargados en la caja descubierta de una camioneta policial.
En el Hospital Fiorito de Avellaneda y en la comisaría, lugares donde Franchiotti, por órdenes de sus superiores, habló con la prensa, como completo cobarde se manifestó en la misma sintonía con todos los funcionarios del gobierno y con la prensa mercenaria, de la cual Clarín y La Nación son las decanas: mintiendo. Negó absolutamente todo lo que después demostrarían los registros fotográficos. Dijo que nunca entraron a la Estación Avellaneda, que no utilizaron postas de plomo, que recién en el hospital tuvo conocimiento de lo que pasó…
En el juicio contra los ejecutores materiales de los asesinatos los únicos dos principales condenados a cadena perpetua (y esto fundamentalmente gracias a la lucha del pueblo), el comisario Franchiotti y el agente Acosta, se acusaban mutuamente de ser los autores de los disparos que literalmente ejecutaron por la espalda a Darío Santillán. De los responsables políticos no hay un sólo preso. Todos impunes. Como con la deuda externa, no la pagan los que la crean.
En contraste total, Maxi y Darío fueron jóvenes llenos de sueños y amor, jóvenes que pusieron su cuerpo y su militancia porque la sociedad sea de hermanos y no de traidores. Jóvenes que lucharon con unidad, solidaridad y organización, con militancia, con abnegación y honestidad, con altruismo. Jóvenes que tenían conciencia política y que habían decidido luchar contra las injusticias. Cuando Maximiliano agonizaba gravemente herido, Darío se quedó con él, poniendo en riesgo su vida y diciéndoles a los demás que vayan, que él despues los alcanzaría. Hoy Darío y Maxi siempre estarán por delante, siempre presentes, como ejemplo perenne de una juventud politizada con los mejores valores.
La patota policial fue sólo el brazo ejecutor. Los responsables políticos de la “masacre de Avellaneda” son los mismos que hoy pretenden perpetuarse en el poder y cogobernar con el FMI, el mismo FMI y su clase política lamebotas del Imperio contra los que Maxi y Darío lucharon y por lo cual murieron.
Si el fraude electoral no lograra impedirlo, en nuestro país en Octubre Macri será arrojado al basurero de la Historia, pero la lucha no terminará allí: hay que echar al FMI y desconocer una deuda que es una estafa, como todo lo que Macri ha hecho; hay que liberar a los presos políticos de este régimen despreciable; hay que instaurar la Justicia Social, la Soberanía Económica y la Independencia Política, que son la banderas que le confieren identidad y razón de ser al movimiento nacional; hay que enfrentar al Imperio que siempre ha conspirado contra la grandeza de la Nación y que siempre ha operado para dividir al Pueblo que lucha.
Para lograr todos esos objetivos estarán adelante, inspirando los mayores esfuerzos y las mejores decisiones, los mártires Darío Santillán y Maximiliano Kosteki, auténticos patriotas de esta Argentina que necesita dirigentes que estén a la cabeza, dirigentes que sigan la escuela de Evita, como dijo Luis D’Elía desde la cárcel el 25 de junio pasado, en el aniversario del asesinato de otro patriota ejemplar, el “Oso” Cisneros.
Darío Santillán. “La única lucha que se pierde es la que se abandona”
En nuestro país todos los años se realizan movilizaciones y actos en homenaje de estos dos jóvenes puros y comprometidos, porque el ejemplo de los caídos siempre será más fuerte que la astucia de los arribistas, porque la única lucha que se pierde es la que se abandona.
Por la Justicia Social, la Soberanía Política y la Independencia Económica. Para echar al FMI. Para que la Patria exista.
¡Darío y Maxi! ¡Presentes! ¡Ahora! ¡¡Y siempre!!

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