19 sept 2016

BALDOSA POR ROBERTO TAVIL

LA TERNURA
Se levantó más temprano que de costumbre. Probó dos mates y salió al fondo. Miró el cielo. Supo entonces que no llovería. Tuvo allí la primera sensación de hormigueo en el cuerpo. La ansiedad, pensó. Hoy no sería un día más en su vida. Cristian Tauil comprendió que en las horas que se acercaban iba a necesitar una dosis mayor de esfuerzo para controlar sus emociones. Miró a su alrededor buscando que no faltara nada. Conversó con su familia, que apuraba los últimos detalles. De a poco fueron llegando familiares, amigos, compañeros militantes, algunos vecinos y varios jóvenes, amigos de sus hijas. Y el grupo de Barrios X Memoria Zona Norte. Hoy, en su casa de El Talar la convocatoria era especial. Irrepetible. Iban a construir una baldosa por su papá. Sí, una baldosa en su memoria. A Roberto Tauil, militante del PRT, hombre generoso y solidario, de un corazón así de grande, dice Cristian, lo secuestró un grupo de tareas del Ejército de esa misma casa. Ocurrió en octubre del 76. Nunca más apareció. Como tantos otros. Como miles, en ese tiempo donde la muerte se paseaba impúdica por las calles de todo el país. Cristian era muy pequeño, pero no olvida. Amaba a su papá. Y lo sigue extrañando.
Abrió las puertas de su casa de par en par y recibió a cada uno con una sonrisa y un abrazo cálido. Sus tres hijas y su esposa, Maria Alejandra Polinori, vibraban al unísono junto a cada latido de él, y atentas a lo que hiciera falta.
Cuando la baldosa estuvo lista, Cristian habló. Reivindicó la militancia, los sueños de su papá y de los compañeros de él. Y explicó por qué luchaban y por qué sintieron semejante grado de compromiso con la realidad de aquel país turbulento y en sombras, el nuestro. A Cristian le brillaban los ojos. Tanto, que pareció que el sol lo iluminaba solo a él. Dijo, en un momento, que estaba muy emocionado. Y que esa emoción lo desbordaba. Así lo dijo, a borbotones. A muchos se nos hizo un nudo en la garganta. En un gesto sin ensayo previo, se apoyó con sus dos manos de trabajador sobre los extremos del bastidor que contenía la baldosa aún fresca. Como si buscara abrazar a su padre. Y con la ternura más propia de un chico, lloró. Lloró de alegría. Supo que la tarea por la memoria de su papá había dado un paso gigante. No hubo quien no lo abrazara y lo aplaudiera. A él, que también milita desde hace años. A él, al "Gringo", que pudo contarnos lo orgulloso que está de su viejo.
Al rato, mientras compartíamos entre todos unos choriceada, recordé los esfuerzos que hace el actual gobierno por negar lo innegable. Por (intentar) borrar lo imborrable. ¿Vio, Lopérfido, de lo que somos capaces un colectivo de gente común que sigue militando con obstinación y alegría, y puede celebrar cada una de estas ceremonias, las de traer al presente a un compañero al que el terrorismo de Estado y una banda de civiles a los que su Gobierno tanto pondera, se ocupó de desaparecer? ¿Vio lo que se pierde? No tiene idea el grado de emoción que nos provoca hacer entre todos una baldosa que rearma los retazos de la vida de un compañero. Hoy fue la de Roberto, el papá de Cristian Tauil. Pero hay cientos de otras colocadas en toda la ciudad. Mírelas. Deténgase ante ellas y lea lo que allí dicen. Somos capaces de dedicarle toda la mañana de un sábado soleado, en El Talar, a ese acto amoroso. Porque eso es lo que significa, al fin y al cabo. Un gesto de amor, de entrega. De ternura, como la que hoy nos enseñó Cristian. Y somos capaces de repetirlo hasta el infinito por cada uno de los treinta mil compañerxs a quienes les arrancaron la vida de cuajo, pero no su memoria. Esto último, créame, jamás lo conseguirán.
HR.

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