27 jun. 2017

"ARDERAS PARA SIEMPRE"



* Por Alberto Santillán,
padre de Darío.

Cómo cuesta hablarte hoy, hijo mío, 15 años después de tu asesinato, que no pasó, que no pasa y que no pasará, porque jamás podré quitarme las ganas de verte y porque cada 26 de junio se hace muy difícil de sobrellevar. Sin embargo, hay algo que me consuela, como suelo decirle a tu hermano: tener tan, pero tan claro, que tu muerte no ha sido en vano.

Después de los fusilamientos a vos y a Maxi, la militancia se puso detrás de sus ideales, esos que los 30 mil detenidos y desaparecidos habían sembrado en tu vida. Y no te imaginás Darío, no tenés idea, de cuánto ha florecido la semilla que plantaste en la conciencia de tantos jóvenes, para multiplicar tus inmensos valores: nunca dejar a los compañeros solos, siempre andar hermanados y cagarse de frío en el barro, para luchar junto a los marginados.

Dejaste una juventud politizada y totalmente diferente a la que muchos nos habíamos acostumbrado, que no solo consiguió abrir secundarios populares o sostener un sinfín de actividades comunitarias, sino también perpetuar ese legado para las nuevas generaciones. ¿Y sabés qué? Sí, lo sabés, semejante cosa no se compra, ni se vende. Por eso, voy a vivir infinitamente orgulloso de vos. Pues más allá de lo que ahora siento como padre, puedo caminar bien tranquilo, con la frente muy alta, recibiendo los abrazos de mucha gente que te quiere a la distancia, porque seguís vivo en tus amigos, en tu familia y en toda la militancia.

¿Qué más puedo pedir? Puedo pedir que no duden lo grande que supiste ser, como hijo y como hermano también. Un tipo tranquilo, enervado por todas las injusticias que sentías como propias, ésas que te vieron poner el cuerpo y el corazón, en el barrio, en la ruta o en el Puente Pueyrredón. Porque sí, te indignaban la desocupación, la represión, la precarización de la salud y el abandono de la educación. No alcanzarían mil textos para describirte, pero como síntesis diría que fuiste un eterno encabronado contra las promesas incumplidas a los de abajo, sin pedir una sola moneda y exigiendo herramientas para el trabajo. Tu sensibilidad y tu integridad generaron que aún los jóvenes se pregunten cómo serías o qué pensarías hoy, reconociéndote uno de los más grandes referentes del movimiento social, para propios y extraños...

Mirá si tendrías potencial,
que por entonces tenías 21 años.

¿Yo? ¿Triste? Triste sería que vieras lo poco que mejoró esa realidad, esta realidad que combatiste a muerte, pero a muerte de verdad. Y sí, podrías haber vivido una eternidad, pero nada ni nadie hubiera quebrado tu incansable defensa de la dignidad. Por eso, ahora quiero gritar que no, que no debemos ni podemos aceptar la desidia de los que digitan las políticas que les convienen, cagando y volviendo a cagar siempre a los que menos tienen.

De 26 a 26, mes a mes, minuto a minuto, te vamos a mantener vivo acá, trabajando más que la Justicia para meter presos a los autores políticos de tu crimen, sin bajar los brazos jamás, porque nos bastarían tus huellas, para poder acorralar a los miserables que cada día nos niegan el pan...

Y porque todavía nos guían dos estrellas,
a los pueblos de Kosteki y Santillán.

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