16 dic 2008

"AL SEPTIMO AÑO NO HAY DESCANSO..."

EDITORIAL “Asambleas En Radio” Lunes 15 de Diciembre 2008
Asambleas En Radio es el programa de las ASAMBLEAS DEL PUEBLO
Se emite los lunes y jueves a las 17 hs. por AM 1530 CADENA ECO
Dirección: Fernando Martín

“Al séptimo año no hay descanso…”

Por Rubén Saboulard

Estamos al filo de que se cumplan siete años de aquella gran pueblada que dio por tierra, mejor dicho “por aire”, con el gobierno supuestamente progresista de Fernando de Rúa. Muchas cosas y muchas aguas han pasado bajo los puentes desde entonces pero nada ha sido tan rico en esperanzas y tan pródigo en desilusiones como aquellos tumultuosos días del verano 2001-02.
Más allá de los reclamos económicos puntuales, de la recesión, el desempleo, la miseria creciente y el corralito, hubo un cuestionamiento que recorrió el país, de barrio en barrio, de asamblea en asamblea, en las organizaciones sociales y estudiantiles, en los barrios y las fábricas. Esa columna vertebral de la protesta era el reclamo y el rechazo a una dirigencia política ineficaz y corrupta, a un régimen de partidos políticos que no representaban a nadie, a una democracia formal donde ni se comía ni se educaba
ni se curaba, ni siquiera, ya, se soñaba.
El grito de que se fueran todos, irrealizable e ingenuo, expresaba la profunda ruptura que se había establecido entre la sociedad, o al menos entre grandes y dinámicos sectores sociales, y los principales partidos políticos. Así fue como los dos partidos que gobernaban, el Frente Grande y los radicales, fueron, literalmente barridos de la escena política nacional, efecto que perdura hasta hoy mismo.
Sin embargo, la oleada de protestas se fue diluyendo, la marea de la rebeldía bajó y la renovación de la política nunca se hizo realidad, aunque no viene al caso ahora detenernos en el porqué. Y, después y a pesar de todas las protestas, el que ha sido en los últimos treinta años el aparato político más corrupto, inescrupuloso y genuflexo ante los amos, el peronismo, se apoderó de la ocasión e inició la reconstrucción de la hegemonía partidocrática para poner a salvo la dominación capitalista.
Claro que en aquellos tiempos que corrían, aun con marea en bajante, era impensable intentar reconstruir el esquema de poder vigente desde la retirada de la dictadura sobre la base de los viejos caciques pejotistas, sus corruptos dirigentes sindicales y sus discursos e ideas. No es necesario recordar los malos momentos que pasaban, casi a diario, nuestros devaluados bronces políticos cuando eran sorprendidos en las calles o en los bares por su pueblo. No es necesario recordar ahora que buena parte de la dirigencia sindical, política y económica había pasado, literalmente, a la clandestinidad por primera vez en sus días. Los mismos padres de la patria que no se habían visto obligados a esconderse en los días aciagos en los que los militares arrasaban con los patriotas, ahora debían resignar apariciones en público ante la ira descontrolada de miles de sus propios votantes…
Para agregar aún más presión a la caldera, la maldita policía ejecutó a Santillán y Kosteki y el país volvió a estar, seis meses después del primer estallido, al borde de la rebelión popular…
Es entonces cuando el régimen comprendió que debía emprender caminos nuevos para poder mantener rumbos viejos, buscar otras máscaras, apropiarse del discurso contestatario, inventar nuevas figuras para poder perpetuar las viejas inequidades a las que servía fielmente…
El discurso renovador de Néstor Kirhner fue elaborado por los mismos estrategos que, antes, habían inventado a Chacho Alvarez; fue sintetizado y divulgado hasta el cansancio por los mismos medios de prensa, financiado por los mismos intereses, pulido y justificado por los intelectuales de las carteras siempre abiertas, legitimado por los organismos de los derechos humanos del pasado, ávidos de mejor pasar en el presente.
Su historia nefasta de gobernante feudal en el sur lejano si no podía ser reescrita debía, al menos, ser ignorada o disimulada; su conocimiento apenas elemental de los códigos más duros de los años setenta serían transformados en una leyenda de viejo militante; sus abrazos a los gobernantes militares de aquellos años serían borrados de las fotos y las fotos serían borradas de los archivos… Su trayectoria de miserable usurero, recogiendo una vieja tradición familiar, se transformaría en la zaga de un genio para los negocios y así, sucesivamente, una tras otra, las máscaras y los cagatintas armaron un personaje y un movimiento que venía a dar forma y cumplimiento al gran anhelo popular de transformar la política como primer paso para transformar a la sociedad…. Los dueños de los medios de comunicación que se prestaron a la movida fueron generosamente gratificados, su escasa conciencia y responsabilidad fue seducida por la prórroga de las licencias, por la modificación de la ley de quiebras y por la pauta publicitaria oficial. Y funcionó, al menos durante buena parte de estos años, la mentira pareció eficaz y la mano tapó el sol.
Como decíamos antes, ya pasaron siete años. Tal vez sean los siete años de los ciclos bíblicos o los de los antiguos calendarios o los de las vacas flacas y gordas de las tradiciones egipcias. Pero, fuera como fuera, hoy el reclamo contra la dirigencia política empieza a ser tan fuerte como en aquellos días de finales de primavera, la imagen popular de los políticos y sindicalistas, como entonces, ronda el piso, y la insatisfacción popular se palpa, densa, en el aire…No hay dinero que pueda comprar encuestas mínimamente favorables al gobierno; no hay maquillador que le encuentre algún trazo simpático y popular a la frivolidad, la soberbia y la corruptela; ya no hay pauta publicitaria, por más generosa que sea que pueda evitar que los mismos medios amigos de antes sean, ahora, portadores de las malas nuevas que se cocinan en el sentir profundo de la sociedad cansada.

Y no se trata sólo de reclamos económicos o sociales, que los hay y son crecientes.
No se trata sólo del hambre nuestro de cada día –que ya no es el pan!!-, de la parte del pueblo que vive en las calles y se alimenta de basura y sobras, del trabajo escaso y mal pago, de la salud para los ricos, la educación para pocos y la vivienda para nadie.. De lo que se trata, primordialmente, es de la percepción que empieza a generalizarse de que estamos, como hace siete años, en manos de una dirigencia corrupta, ineficaz, soberbia, entreguista, frívola…
Entonces no es casual que reaparezcan, estelares, Moyano y Rico, Borocotó y los caciques del viejo Partido Justicialista, los escándalos, los sobornos y corruptelas de todo pelaje como antes fue la Banelco, los fraudes en las votaciones parlamentarias, los matones y las patotas… Es poco, tan poco lo que ha realmente cambiado que no alcanza a ser percibido por nadie y en todo caso, es opacado por la abrumadora vigencia de lo viejo que la crisis trae, de nuevo, a flote. Hoy el gorro de zorro siberiano y las carteras Louis Vuitton de CFK son, al kirchnerismo, lo que fueron la Ferrari Testa Rossa de Menem y los abrigos de piel de María Julia a la década anterior.
Es que, ante la cercanía de la crisis y ante el olor de la tormenta, el viejo y el peor de los aparatos corruptos que ha parido la historia política de nuestro país, el pejotismo, recurre a todos sus miembros, olvida el más mínimo decoro, perdona y amnistía a algunos, rescata del olvido a otros y los convoca a prepararse para la pelea por mantener el control de la caja, el monopolio del robo.
Así es como, salen desde detrás de la escena, donde estuvieron agazapados, escuchando a veces con desagrado el discurso trucho del gran renovador del sur, pero siempre presentes, siempre robando, siempre estafando, siempre matoneando.
Son los mismos que ya fueron repudiados hace siete años y, en consecuencia, ésta vez, será menor el trabajo del pueblo en las calles para identificarlos y combatirlos. Los adornos y las máscaras caen, uno tras otro en sucesión vertiginosa y las ratas abandonan, precipitadas, el barco. Ya podrían formar el club de las viudas del progresismo y el transversalismo kirhnerista, los Bonasso, los Tumini, los Ceballos, los Ibarra, la Picolotti, los Alberto Fernández y Capaccioli, entre otros…A ellos habría que agregarles, en breve, a algunas conocidas dirigentes de organismos de DD.HH que descubren, con espanto, que la transversalidad llega hasta los asesinos carapintadas, a los poco frepasistas que aún quedan, algunos intelectuales de la cartera abierta a los que les queda algo de dignidad y así hasta que el último de los progres apague la luz del velorio de sus ilusiones efímeras pero bien pagas.

Y así, maltrechos, calientes, llegamos, a fines de éste diciembre, a siete años de aquellos días de furia, a descubrir que nunca se fueron y que los que están son peores que los que se marcharon y que la bronca y el malestar popular es una marea creciente con viento de mar adentro que sopla fuerte y parejo.
En las viejas culturas agrarias, el séptimo año era el año de barbecho, el del descanso de la tierra, el del reposo y el del sueño con un nuevo ciclo de prosperidad y buenas cosechas…
Lamentablemente, en nuestra trajinada vida política resulta difícil imaginar año más trajinado que el que viene…Antes del barbecho, antes del descanso, antes del reposo habrá que desmalezar la tierra y correr a las alimañas y será un trabajo duro, difícil, agotador pero imprescindible y después, recién después, vendrá el futuro a sembrar los surcos abiertos y fertilizados.

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