26 sep. 2007

EMILIO MARIN: DOMINGO CAVALLO EN FESTEJOS DE LA FUNDACIÓN MEDITERRÁNEA

Ex funcionarios refritan sus recetas de ajuste: el regreso de los muertos vivos

Se sabe que en cierto sentido fracasó el grito callejero de las asambleas de 2001: “Que se vayan todos”. La mayoría de los cuestionados se quedó y los que se fueron están buscando volver, como Cavallo.
EMILIO MARÍN

Alguna vez Domingo Cavallo derramó lágrimas de cocodrilo ante los cuestionamientos de Norma Plá y otros jubilados que pedían 450 pesos de haber mínimo (quince años después recién se ha sobrepasado esa cifra). El súper ministro menemista se ofendió porque le habían dicho corrupto y que hacía pasar hambre a los jubilados.
Quien hizo llorar sangre a los argentinos fue quien ya traía en su currícula el haber sido subsecretario político del general Horacio T. Liendo en el ministerio del Interior y luego titular del Banco Central, en la misma dictadura, para estatizar la deuda privada. Ese fue el gran salto cuantitativo de la deuda externa, que a partir de allí se desbocó, intereses sobre intereses, hasta determinar la decadencia del país.
Cavallo, convertido en diputado por el PJ de Córdoba dirigido por José M. De la Sota, llegó a la cancillería de Carlos Menem para reanudar las relaciones con el Reino Unido pese a la negativa de éste a debatir sobre la soberanía. Sin solución de continuidad, en 1991 pasó a Economía, con la propaganda engañosa de la convertibilidad y el “uno a uno”, detrás del cual se disimuló la más portentosa entrega del patrimonio, la liquidación de las empresas estatales, la privatización de los servicios públicos e incluso de la previsión social.
Aunque al grueso de la población le iba mal, especialmente al millón de cesanteados en las privatizadas, a Cavallo le iba fenómeno. Héctor Massuh y los popes de la Unión Industrial le ayudaron a comprarse su piso de avenida Libertador. Los de la Fundación Mediterránea le seguían pagando 10.000 dólares mensuales como director del Instituto de Estudios de la Realidad Económica Argentina Latinoamericana (Ieeral). A eso sumaba los sobres provenientes de “fondos reservados” de la presidencia.
Como este país es generoso, a pesar de semejante incendio político y gestión desastrosa, fue convocado a funciones por tercera vez por la Alianza, en 2001. Créase o no, tal decisión de Fernando de la Rúa fue a propuesta del “progresista” Chacho Alvarez. Ambos se suicidaron políticamente con el retorno del personaje al Palacio de Hacienda, aunque Alvarez se recicló como sucesor de Eduardo Duhalde al frente de la Comisión del Mercosur gracias al dedo kirchnerista.
En ese momento Cavallo quiso imponer el déficit fiscal cero, con el consiguiente ajuste del gasto e inversión pública. Ante la escalada de la crisis y fuga de depósitos no tuvo mejor idea que el “corralito bancario”. Junto con los banqueros pisó los depósitos de los ahorristas. Los bancos, claro, ya habían fugado al exterior todos los millones que quisieron gracias al preaviso oficial, incluso bajo conceptos tan ocurrentes como “previsión de ganancias”.

Los negociados
Cuando el festival de privatizaciones vendió las últimas joyas a bajo precio y ya no hubo ingresos de divisas por esa vía, el teatro del “uno a uno” fue dejando al desnudo toda su inconsistencia. La industria nacional había sido vapuleada y extranjerizada por la apertura indiscriminada de la economía. La deuda externa era una factura impagable luego de las reprogramaciones del Plan Brady de 1992, cuando –aunque suene increíble- se condecoró a David Mulford (First Boston-Crédit Suisse) y William C. Rhodes (Citibank), los banqueros que idearon ese mecanismo expoliador.
Pero el verdadero escollo que venía llevando al naufragio del gobierno cavallo-menemista no vino tanto de la economía, que por supuesto aportó lo suyo, sino de la política. Sectores cada vez más amplios de la gente estuvieron en contra de la política que antes tenía altos índices de popularidad. El canto del cisne fue la reelección del riojano en 1995, negociada y favorecida por el Pacto de Olivos con Raúl Alfonsín.
En esa decadencia incidió mucho la percepción masiva de que había muchos casos de corrupción. Cavallo quiso mostrarse como ajeno al problema y trató de pegarlo como una mancha sobre la espalda de Menem. Lo consiguió a medias, cuando denunció a Alfredo Yabrán como un mafioso dueño de la mayor parte de las empresas privadas postales y que estaba hecha a su medida la ley de privatización del Correo. Eso condujo a su pelea con el entonces presidente y su consiguiente renuncia a Economía.
Pero Cavallo no fue nunca una persona inmaculada. Ya se mencionó su estatización de la deuda privada siendo presidente del BCRA, en las postrimerías de la dictadura. Es difícil creer que tantos beneficios financieros a los monopolios se hicieran por amor al arte. El contrato de informatización del Banco Nación con la multinacional IBM, donde había sobreprecios y retornos millonarios, lo salpicó directamente porque allí habían intervenido los hermanos Aldo y Mario Dadone, autoridades del Banco Nación e íntimos colaboradores de Cavallo.
Cada renegociación de la deuda externa era un monumento a la corrupción que dejaba a Argentina un “rojo” más elevado y giraba comisiones millonarias a los banqueros como Mulford y otras relaciones ministeriales.

La Fundación
La semana pasada la Fundación Mediterránea y el Ieeral festejaron treinta años de existencia y lo festejaron a lo grande, en el Sheraton de Córdoba, con la presencia de Cavallo. Fue el regreso de un muerto vivo porque en un momento de su disertación, que repitió ante varios diarios presentes, admitió que volvería a la política si la gente lo vota “pero como nadie me vota…”.
Cabe recordar que en mayo de 2000 se presentó como candidato a jefe de gobierno porteño y perdió por 16 puntos frente a Aníbal Ibarra, lo que no quiso admitir. En el primer día de la derrota montó en furia y sacó a relucir su maccartismo: “quieren hacer trampa, pusieron al frente del escrutinio a un partisano del Frepaso”. En su lista iba Elena Cruz, la actriz que vivaba al genocida Jorge R. Videla.
Y en 2005, durante la elección legislativa, la idea de candidatearlo no pasó el primer filtro de la diezmada UceDe. Iba a hacer un sapo gigantesco y desistió de competir, optando por seguir la mayor parte del tiempo en Estados Unidos y cobrando 10 o 15.000 dólares por conferencias. Ese es el tipo de consuelos que le fue quedando. En consonancia, lo elogió el reciente libro de memorias de Alan Greenspan, el octogenario ex titular de la Reserva Federal de EE UU.
Su retorno a los medios, luego de cierta sequía informativa, se produjo en el almuerzo de la Fundación Mediterránea, el 20 de setiembre. Allí aprovechó para disparar con munición gruesa sobre Néstor Kirchner, cuyo plan calificó de “desastre”. Buscando congraciarse con la víscera más sensible del auditorio empresario, planteó que era “inevitable una corrección de precios relativos, como los de las tarifas”.
No hace falta ser un especialista para advertir que esa es la bandera por la que vienen bregando desde hace años las privatizadas de servicios públicos en manos de multinacionales extranjeras y socios locales. En otro punto caro a sus oyentes, exhortó a “dejar que los precios alcancen los niveles que la realidad impone”.
Además de “Mingo” expusieron otros ex funcionarios como Guillermo Mondino y vía video desde Londres, Mario Blejer, ex titular del Banco Central. El conferencista estrella fue Guillermo Calvo, catedrático de la universidad de Columbia, de posturas aún más a la derecha del mismo Cavallo. Así lo certificó durante su paso como jefe de economistas del BID.
Es importante advertir sobre la estrecha relación entre los ex colaboradores de Cavallo y la banca internacional y demás corporaciones. Mondino, que fue su jefe de asesores en la Alianza, es economista jefe de Lehman Brothers; Daniel Marx, negociador de la deuda externa, se pasó sucesivamente a la consultora financiera de Nicholas Brady y luego al banco de inversiones Merchant Bankers Associated; Carlos Bastos, su subsecretario de Energía, se convirtió en director latinoamericano de la fallida Enron, etc.
La alegría de “Mingo” no fue completa. Su retorno a escena en la Mediterránea fue sin que estuvieran presentes los popes de la entidad, como Luis Pagani (Arcor), Aldo Roggio (Metrovías-TBA-Clima) y Roberto Urquía (AGD). Estos optaron por una prudente distancia para no entorpecer su buen clima de negocios con el gobierno de Kirchner y previsiblemente de su esposa.

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