16 nov 2008

RELIGION Y PODER, COCTEL LETAL

(Luís Agüero Wagner)

En su famosa obra "El Píncipe" Maquiavelo habla del rey católico Fernando de Aragón como un personaje que "alegando siempre el pretexto de la religión, recurrió a una devota crueldad para poder llevar a efecto sus mayores hazañas". Maquiavelo utiliza como paradigma de gobernante inescrupuloso al rey que financió los viajes de Cristóbal Cólon, quien a su vez e s considerado un antecesor de los políticos paraguayos del presente, dado que falsificó sus mapas, no sabía donde iba y viajaba por cuenta del gobierno. El mismo autor cuyo apellido acabó convertido en sinónimo de inescrupulosidad política no fue menos amable en la misma obra con el Papa Alejandro VI, quien generosamente regaló un continente a sus correligionarios de Castilla y Aragón: "Alejandro VI- escribió- siempre encontró medios para engañar a los hombres, y no hizo otra cosa. No existió nunca un hombre que con mayores juramentos afirmara una cosa, y al mismo tiempo sea el que menos los observara. Mostró cuanto puede prevalecer un Papa con el dinero y la Fuerza". No es el fundamentalismo religioso como herramienta política, por lo tanto, el único rasgo en común que podríamos señalar entre el Papa Borgia y el clérigo-presidente de Paraguay Fernando Lugo, quien también se ha encargado de hacer lo opuesto a lo prometido en su campaña proselitista en un altísimo porcentaje. Realmente sería ingenuo a esta altura de la humanidad sostener que la religión y la política son asuntos separados en diferentes compartimientos, ambas coinciden en un punto, la estructura de la institución tanto eclesiástica como política depende del funcionamiento de una burocracia que implica jerarquías y privilegios para algunos. En estas últimas fechas la realidad ha demostrado que la religión católica y la política que se práctica en Paraguay guarda una relación casi perversa, desdibujándose así la línea entre lo espiritual y lo terrenal. Estado e Iglesia, política y religión, poder y espíritu son cosas distintas, es cierto, pero suelen ir de la mano. Los reyes absolutistas eran en su época la máxima autoridad religiosa y política. La legitimidad de su poder terrenal derivaba del poder espiritual de Dios (sólo ante Él rendian cuentas). Y con ese mismo poder prohibieron la lectura de los libros del "Index", callaron a Galileo por decir que la Tierra era redonda, quemaron en la hoguera a Giordano Bruno y diseñaron las más ingeniosas torturas durante la Inquisición Española , además de masacrar a las civilizaciones de América en nombre de la "Evangelización". Olvidando que no todos somos católicos, el estado paraguayo estuvo a punto de retroceder a su etapa confesional durante la última semana, cuando en su afán de no rendir cuentas al congreso, el máximo jerarca paraguayo de Itaipú, Carlos Mateo Balmelli, pretendió entregar 15 millones de dólares de la entidad para que sean administrados por el clero. La tentación de refugiarse en lo corporativo apareció así en la política paraguaya nuevamente a la vuelta de la esquina, en el seno de un gobierno que aunque saludado como un avance "progresista", retrotrajo a una sociedad ya de por sí conservadora a nefastas etapas oscurantistas de la historia. GUERRA SANTA EN LA GUERRA FRÍA, PARADIGMA DE AMOR AL PRÓJIMO La iglesia católica paraguaya no se distinguió en mucho de la prensa mediática, dado que por treinta años compartió honores y el poder que le confiere al clero un estado confesional, con el dictador Alfredo Stroessner. Las críticas esperaron nada más y nada menos que tres décadas para empezar a aflorar en los púlpitos y los documentos episcopales. Muchos de estos celestiales predicadores del amor al prójimo dedicaban loas desde el altar al dictador de turno, y no tenían nada que envidiar al capellán Cristian Von Wernich, quien ayudaba a inmovilizar a los presos políticos mientras se les administraba la inyección letal. Algunos ejemplos del documentado "Proceso de Reorganización Nacional" que se llevó adelante en la vecina Argentina, entre 1976 y 1983, son ilustrativos para dimensionar los piadosos espíritus de nuestros hombres de Dios. El 23 de setiembre de 1975 el provicario argentino Victorio Bonamín dijo que veía a los militares golpistas purificados en el Jordán de la sangre para poder ponerse al frente de todo el país. Tres meses después, el 29 de diciembre, el reponsable del Vicariado Castrense , Obispo Adolfo ServandoTortolo, profetizó ante un auditorio de capitalistas que se avecinaba un proceso de purificación y describió un grandioso duelo entre el Bien y el Mal. Además de Vicario Castrense, Tortolo era presidente de la Conferencia Episcopal, en cuyas reuniones plenarias defendió el uso de la tortura con argumentos teológicos. No podría asegurar se con certeza que estos amados pastores hayan sido bendecidos con el don de la profecía por el espíritu santo, pero lo cierto es que el glorioso advenimiento de Videla y su Junta se produjo, y en fecha prometida. En 1995 el capitán de la Armada Adolfo Scilingo reveló que la jerarquía eclesiástica había aprobado los métodos bárbaros de ejecución de prisioneros y que los capellanes se encargaban de acallar con frases bíblicas los escrúpulos de los oficiales que dudaban de la legitimidad de las órdenes de asesinar a prisioneros indefensos. Según Scilingo, Tortolo aprobó el asesinato de prisioneros durante los vuelos sobre el mar, aduciendo que se trataba de una forma cristiana de muerte. Cuando la Conferencia de Superioras de las Ordenes Religiosas de Francia pidió a la Iglesia católica argentina que intercediera por las dos religiosas que fueron secuestradas junto con las Madres, el cardenal Primatesta respondió que esperamos que las acusaciones veladas o abiertas de connivencia de sacerdotes o religiosos con asociaciones o movimientos de tipo subversivo inaceptables para el cristiano, sean todas aclaradas, y que nadie haya sido culpable de semejante error criminal. Cuando la Comisión Interamericana de Derechos Humanos visitó la ESMA en 1979 no encontró ni rastro de los secuestrados. Con la ayuda de la Iglesia, la Armada los había escondido en la isla El silencio. No se conoce otro caso en el mundo de un campo de concentración en una propiedad eclesiástica. En 1981, José Miguel Medina se hizo cargo del vicariato castrense argentino, y poco tardó en exteriorizar su apoyo incondicional a la dictadura militar. Ernesto Reynaldo Samán, un antiguo detenido político, declaró a la CONADEP que durante una misa en la cárcel de Villa Gorriti, Jujuy, Medina dijo que conocía lo que estaba pasando, pero que los militares estaban obrando bien y que debíamos comunicar todo lo que sabíamos, para lo cual él se ofrecía a recibir confesiones. También a Eulogia Cordero de Garnica le planteó su versión cuartelera del sacramento de la confesión: Me dijo que yo tenía que decir todo lo que sabía... y entonces iba a saber donde estaban mis hijos, que en algo habrán estado para que yo no supiera dónde estaban. A Carlos Alberto Melián, Medina le dijo que varios detenidos que fueron sacados una noche de sus celdas y de los que no volvió a saberse, habían sido juzgados y fusilados en Tucumán. Estamos en una guerra sucia, arguyó. En diciembre de 1977 Videla pronunció una de sus más famosas frases ante periodistas extranjeros, cuando afirmó que los desaparecidos no están, no existen, están desaparecidos. El ex general Viola los llamó en 1979 ausentes para siempre. El ex general Galtieri dijo al año siguiente que el Ejército no daría explicaciones y el ministro del Interior, general Harguindeguy, se jactó de que los hombres de la dictadura sólo se confesaban ante su Dios .LAW

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