28 mar. 2008

OPINION: INCAPACIDAD PARA SUPERAR LA CRISIS

El modelito Grobocop mostró su K
Daniel Tirso Fiorotto
Especial para ANÁLISIS

Las mujeres abnegadas del campo, obreras hasta el sacrificio y ninguneadas como pocas; esas mujeres que ven a sus hijos partir a lomo pelado del caballo en los días de lluvia para asistir a la escuela, las que no hallan un médico 10 kilómetros a la redonda, las que tienen dos horas de viaje para parir y si no llegan a tiempo dan a luz en la banquina porque no hay un centro de salud que las ampare; las que se bancan con estoicismo propio de héroes los dolores, porque les resulta un calvario llegar a la farmacia a través de los lodazales en que se convierten los caminos naturales sin inversión del estado, ese estado unitario contra natura, que junta oro en pala ancha en nuestros campos pero no invierte allí, se lleva el dinero, engrosa el tesoro para pagar fielmente una deuda externa viciada de ilegitimidad o para abrir el grifo de las obras públicas según el humor de un tal De Vido, que suena a Corach, que suena a Montesinos.

Esas mujeres que acompañan en el ordeñe a veces con el barro hasta la cintura, y embarazadas, porque no mezquinan el alma ni el cuerpo, esas mujeres por quienes los habitantes de este país, los latinoamericanos, nos ponemos de pie y nos sacamos el sombrero, las que nos dan aliento para vivir, las que no tienen un Día de homenaje aunque se merecen todos los monumentos.

Las mujeres cuyo ejemplo nos alienta a la hora de emprender las pequeñas y grandes luchas cotidianas para no desfallecer, las mujeres chacareras argentinas, entrerrianas, las que no dan el brazo a torcer, orgullos del país interior, la de manos ásperas, sin tiempo a veces y sin champú caro para tratarse, como quisieran, el cabello, todo un símbolo ellas de los valores humanos más profundos.

Las mujeres que tantas veces no encuentran siquiera un trapo donde secar las lágrimas de su angustia en la soledad porque son solas de toda soledad; que no conocen de curas ni psicólogos ni funcionarios del estado que puedan escuchar sus pesadumbres, aliviarlas; víctimas de todos los olvidos apilados; esas mujeres que no tienen siquiera para un rouge y menos piensan en cirugías estéticas y otras banalidades modernas y derroches, las mujeres del campo, mil veces ignoradas, las que saben de las heladas, de la huerta, de las sequías y la desolación; las que después de acompañar en las faenas rurales al hombre de la casa siguen con el lavarropas, la plancha, las ollas, los terneros guachos, las gallinas, y si les queda tiempo cortan el césped, y a última hora cuando ya trabajaron 15 horas, 17, ponen a hervir la leche para darle una caricia a los gurises con el dulce de leche, si hay azúcar, y acuestan a los niños, agotadas ya; y así día tras día sin que nadie les reconozca un instante ese silencioso servicio a la patria comparable con el de las enfermeras, el de los combatientes de Malvinas, el de tantas maestras.

Las mujeres, en suma, con mayúsculas, mujeres a años luz de la soberbia y el materialismo y el cholulismo y las indumentarias caras y los mechones artificiales, mujeres que los habitantes del orbe miramos para aprender de solidaridad, aprender la tan humanitaria costumbre de dar sin pedir a cambio; esas bellas mujeres argentinas debieron soportar este martes antes que la caricia merecida, la bofetada, la provocación de una presidenta altanera que tiene todo y que no está a la altura de las circunstancias: Cristina Kirchner.

Violencia para qué
Con una soberbia que no veíamos hace mucho, sobradora, gran sabionda, flaco favor se hizo despreciando las virtudes de la comprensión y la prudencia que, aún en disidencia, deben guiar al estadista, y flaco favor le hizo al fin al peronismo y a los argentinos empujados de pronto por ella a la violencia sin sentido.

Lo peor: violencia estéril, violencia por la violencia misma, porque si fuera para dar batalla contra petroleros, contra latifundistas, expoliadores, dictadores y torturadores, contra un país colonialista como Inglaterra o imperialista como Estados Unidos, se podría conversar, pero violencia en este caso generada por la presidenta Kirchner para enfrentar a pobres con pobres, para dividir, para manosear viejas y sagradas consignas: qué desazón. La Kirchner cree construir enfrentando a María que lava ropas en el barrio, con María que da clases en la universidad, con María que ordeña las vacas en la chacra, y como si fuera poco, nos pide que nos pongamos de un lado o del otro. Su obligación era unir los campos populares, hallar puntos de encuentro, y los fragmentó: qué gran regalo al estatus quo. Cristina lo hizo: que algunos productores odien a los piqueteros, que algunos piqueteros traten de oligarcas a algunos campesinos, y que algunos latifundistas se sientan en el bando de las víctimas. ¡Ah, cuánto disparate!

Cristina Kirchner juntó su capital político y en un discurso lo tiró a los chanchos. “Piquete de la abundancia”. “Un paso de comedia”. “Excelente rentabilidad” . “Las vaquitas para ellos”. ¿Son expresiones de una estadista? Con casi nula posibilidad de error, este periodista puede afirmar que el 99 % de los piqueteros de las rutas entrerrianas no posee el 10 % de los bienes de la señora Kirchner, y que muchos de ellos son literalmente pobres y algunos incluso marginales.

Los que conocíamos con mayor o menor profundidad el problema porque lo seguimos desde hace décadas, y más los que hemos estado en las rutas conversando con los manifestantes, escuchándolos, tratando de comprender, no salíamos del asombro. La seguidilla de falsedades en las palabras, en los gestos, en la soberbia de la presidenta, eran tantas y tan profundas que resultaba difícil digerirlas. Llegó un punto del discurso en que ya no nos sentimos azorados sino apenados, y no por las mujeres y los hombres del campo sino por la presidenta misma y nos preguntamos con indulgencia (y ya con menor respeto): señora, ¿quién la asesoró?

Nobleza obliga, las del martes fueron dos cachetadas: la primera, el discurso, y la segunda y más dolorosa, ver a muchos argentinos asaltar la plaza, correr con palos a otros argentinos, y defender a gritos un régimen terrateniente, uniformador, unitario al extremo como nunca se vio, contrario al origen mismo de la nación federal; ver a esos argentinos invadir en patota la plaza al grito “patria sí, colonia no”. Lo que se llama malversar una consigna histórica de gran contenido presente y futuro, poner esas banderas al servicio de Cargilll, Soros, Grobocopatel, Monsanto, Carrefour, los mayores beneficiarios del sistema kirchnerista. El sistema, agradecido. Eso se llama tirar las banderas al chiquero.

Fue lo más doloroso, porque la consigna contra el colonialismo señala un punto neurálgico de las luchas argentinas, y calzaría bien para defender movidas populares como las emprendidas por la federación Agraria Argentina (no con la claridad y profundidad que la hora exige), pero jamás para quienes como los Kirchner entrega el campo a los grandes grupos, el petróleo y las riquezas mineras y el comercio a las multinacionales. Y son los primeros en pagar la deuda externa sin investigar su grado de ilegitimidad. Venezuela, Bolivia, tienen situaciones de hecho pero sobre los cambios, parados sobre el reparto de tierras, sobre la nacionalizació n del petróleo, todo eso en las antípodas del conservadurismo kirchnerista, practicante del onanismo de las consignas sin hechos.

Concentración sin límites
Sin límites a la extranjerizació n, sin límites a la concentración, sin planes de reparto de tierras y promoción de la diversidad productiva y biológica; sin límites al abuso de los arrendamientos, sin límites a los pool que compiten con deslealtad con los campesinos, sin promociones para que la tierra esté en manos del que la trabaja, sin límites a los oligopolios exportadores o proveedores de insumos, sin estudios de impacto acumulativo que garantice la salud al pueblo y la biodiversidad; haciendo oídos sordos a todas y cada uno de los reclamos agrarios, negándose hasta la obstinación a los planes propuestos por los chacareros para discernir, para establecer políticas diferenciales que dieran un respiro a los micro, a las pymes del campo, y desalentaran a los grandes; es decir, con todo el viento a favor de los grandes grupos concentrados, viento soplado por este gobierno, la presidenta fuerza el razonamiento, distorsiona, para hacerle creer al pueblo que el gobierno está con los chicos, y que ella es víctima de la resistencia oligarca. No se anima, pero quieren hacer creer que sí. ¿Qué estrategia es esa? ¿Cuánto tiempo sostendrá el engaño?

Por supuesto que en el reclamo de los pequeños y medianos campesinos van prendidos, en este caso, y en forma circunstancial, algunos grandes pulpos y eso complica la comprensión del conflicto. Eso en parte es un error de la estrategia (o de concepción) de los pequeños y medianos productores y sus dirigentes, también falta de convicciones, pero en mayor medida es culpa de las acciones del propio gobierno y no tiene derecho a quejas porque alentó esa “unidad” momentánea. ¿Acaso su gobierno mismo no es fruto de la unidad de piqueteros y caceroleros, algunos de clase alta; de desocupados y especuladores que voltearon a De la Rúa todos al unísono?

Coincidimos con grandes estudiosos en que la Argentina, y en particular Entre Ríos, están enfermas de latifundio, y ese es uno de los gravísimos problemas de desarrollo del país, de la provincia, una injusticia profunda, arraigada, estructural, que un día habrá que revertir sea como sea, preferentemente en paz. El modelo actual de Néstor y la señora Cristina Kirchner es hondamente concentrador de la riqueza, latifundista, contrario a todas las normas necesarias para darle al pueblo acceso a la tierra que es su propiedad, y a su vez divisionista. El modelo K arregla con los poderosos, o mejor, es el gobierno de los poderosos, es plutocracia, y reparte un poco a su gusto, entre los que lo siguen, con planes, con viviendas, para sostenerse. Debiera ser federal y es unitario, debiera repartir y concentra, debiera provocar cambios estructurales y conserva, debiera promover grupos políticos renovados y se alía con lo más rancio del menemismo privatizador y corrupto (pruebas al canto: Entre Ríos). Y a eso le llama “izquierda” y Ernesto Guevara se revuelca en su tumba cubana.



Aplaudidores de cabeza gacha
¿Quién le hizo creer a la señora presidenta que ella o su marido iniciaron un camino distinto? Concentración de la tierra en pocas manos, concentración del uso de la tierra en pocas manos, expulsión de mujeres y hombres y niños del campo, extranjerizació n de las propiedades, desnacionalizació n del comercio internacional, ¡ese es el resultado de su gestión, señora, y de casi todos los que la antecedieron incluyendo a su marido!

¿Quién le escribe un diario propio, para que ignore así la realidad? ¿Creerá usted que esa tropa de aduladores que la aplaudieron, entre quienes estaban el gobernador Sergio Urribarri, el ex vicegobernador Pedro Guastavino, están en condiciones de darle una opinión independiente? ¿Cuántas veces cree Usted, señora, que vimos a políticos entrerrianos aplaudir de pie a Carlos Menem? Diga diez veces y se quedará corta.

Ya estos chacareros, estas mujeres y hombres esforzados que no dan sino orgullo a los entrerrianos, a los argentinos, le hacían caravanas y le rompían actos a Menem porque tenían conciencia del infierno en que su política nos estaba metiendo, mientras que otros abrazaban a Menem. Hoy lo hacen con usted, y usted arremete ¿contra quien? ¡contra la familia campesina!

Todos sus argumentos pueden ser fácilmente rebatidos, sería largo escribir sobre eso, pero se agrega además el modo, la manera de expresar las cosas. ¿Qué cree usted que elaboró mezclando la generalizació n irresponsable con la descalificació n más injusta, sino un cóctel explosivo, un odio que le llevará décadas remontar?

No tenía derecho, señora, a destratar así. Usted debió discernir, mirar mejor, conversar, escuchar, caminar, hablar con unos y otros, estar al lado de las familias rurales antes que dejarse enfermar por el modelito Grobocopatel, productor de centenares de miles de hectáreas de soja. Debía poner la mira de precisión y tiró al barrer, qué precariedad.

No tiene derecho a quebrar las pocas expectativas que podía tener la familia más o menos arraigada aún en el campo. No hay derecho a que una persona ignorante de la realidad se complazca en el saqueo, y todavía levante el dedo acusador. ¡Las vaquitas no son de los chacareros que están en la ruta, las vaquitas y las semillas, señora presidenta, son suyas, son de sus pingües propiedades, son de sus amigos Soros, Benetton, Cargill, Monsanto, Carrefour, Grobocopatel, precisamente de quienes estos chacareros denuncian hace décadas porque se quedaron con sus tierras, sus trabajos, sus ilusiones.

Gualtieri no estaba
Masacrar aborígenes, expulsar negros, criollos, indios, gringos, para que un señor Gualtieri, un señor Pou, amigos de sus amigos, se queden con los campos, ¡y usted destratando a los expulsados, a los que advirtieron una y mil veces sobre la debacle que luego se produjo, porque tenían razón, porque el infierno llegó y ellos lo anunciaron!

¡Qué gigantesco disparate acaba de cometer! ¡Y usted creyendo que un ejército de patoteros va a curar las enfermedades de este país! ¿Dónde estudió historia? ¿Cree por casualidad que un chacarero se va a amedrentar con parapolicías de credibilidad nula?

Vea esto: la familia de Juan Ferrari de Gualeguaychú, y la familia de Hugo Moyano. Anímese a revisar sus historias, sus capitales, los bienes de sus parientes, y después me dice quién tiene las vaquitas, dónde está el “piquete de la abundancia” que señaló con tanto desparpajo.

Hemos sentido la indignación en carne propia, de sólo pensar en la amargura de las mujeres y los hombres que ni siquiera estaban en la ruta quizá ayer, y que vieron en la pantalla de sus televisores, o escucharon en sus radios, el discurso del poder conservador más rancio y mejor empaquetado. Después hablamos con productores de 5 hectáreas de Feliciano, con ranchos de paja, sin baños internos; hablamos con jóvenes productores bisnietos de colonos judíos de Basavilbaso, de Concepción del Uruguay, gente con 50 hectáreas, con 150, que ven cómo de sus vecinos quedaron las taperas, y los campos fueron comprados por pocos, cultivados por menos. Largo sería detallar las palabras de indignación de Mistrorigo, Ecker, Sito, Molina, con la cachetada presidencial.

Justicia es discernir
Fue la misma indignación que sentimos el día que las Madres eran pechadas por caballos de la policía montada en el último día de Fernando de la Rúa, la misma indignación que nos provocaba el cinismo de Carlos Menem y sus laderos, laderos que aquí, en Entre Ríos, son los mismos, con nombre y apellido, que los actuales laderos de Cristina Kirchner.

Hemos visto pintadas contra la “patria sojera”. ¿Pero acaso no son estas luchas agrarias las que denunciaron y reprobaron en los últimos años, semana tras semana, los desequilibrios y las injusticias de la patria sojera? La patria sojera es Kirchner, este gobierno (y los anteriores) generaron este estado de cosas, monocultivo sin límites, uniformidad como manda el mercado, amparados en una situación internacional que colabora, pero hace años venimos escuchando en boca de los chacareros, principalmente en la Federación Agraria, que este modelo sojero nos llevaba a la ruina. Y ahora resulta que las víctimas son convertidas, por arte de magia del discurso de turno, en victimarios.

Para nuestro pesar, acabamos de constatarlo con crudeza: la presidenta no aprendió a conjugar el verbo discernir, tan propio de seres humanos. Si lográramos que la presidenta discerniera en el futuro (véase la dificultad), muy posiblemente seríamos testigos de un profundo arrepentimiento del discurso incendiario por ignorante que pronunció el martes. Esta es la explicación más considerada. La otra nos obligaría a pensar que, luego de discernir, la presidenta se quedó con lo más conserva del capitalismo y la patota, y decidió seguir abrazada a los grandes. Cristina Kirchner dijo verdades a medias, generalizó, para ella fue lo mismo Fulana de 10 Hectáreas, Mengano de 100 hectáreas, Zutano de 50.000 hectáreas. Son mundos distintos y opuestos, son el agua y el aceite, y Cristina vio “ellos”, vio enemigos, confundió todo, falló ante una exigencia mínima de la sociedad: que su presidenta sepa distinguir, diferenciar, discernir. El martes, a la señora presidenta le sobró en soberbia lo que le faltó en lucidez.

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